¡¡¡CARAY!!!
Vaya con el chato de manitas pequeñas...
Ya estaba harta de cominos, cacahuetes, fartones y menudencias varias, de ahí uno de mis miedos de conocer más a fondo a... llamémosle el hombre de cera.
Ya os dije que todo empezó mal, pero el cuento está cogiendo color.
Todo empezó cuando el lunes por la tarde le propuse dormir en mi casa... yo prometo que no tenía ninguna mala intención, pero ya se me conoce...
La primera noche que quedé con él examiné a fondo todos los detalles que me harían presagiar como serían mis noches locas, y así se lo hice saber a todas mis amigas.
Nariz pequeña y dedos cortos, todo un desastre...
Bueno, a donde íbamos. El lunes cenamos en casa, a mi me dolía la cabeza por una insolación unido al síndrome premenstrual, con lo que ni lo iba a intentar... pero lo intenté.
Yo lo sabía desde el principio y estaba acojonada, porque virgen y sin dotar... aunque me sabía fatal que esa personita que estaba tan colgada de mi me viera desaparecer al día siguiente de nuestra primera noche juntos, más que nada porque da unos besos muy dulces, pero una no vive sólo de besos.
Como no decía ni esta boca es mía, empecé mi interrogatorio, ya que en nuestras anteriores citas yo intentaba desviar mi mirada hacia su bragueta pero me daba tanto palo que me pillara que casi ni me atrevía, además lo poco que miré no me sirvió de nada, porque se ve que del susto la tenía bien escondida.
Mi segunda pregunta fue si la tenía como un botón, pero su respuesta no me aclaró nada, porque él dijo que creía que no, pero la cuestión no es lo que él crea, sino lo que crea yo... y yo creo que la tiene como un brazo de gitano.
¡Toma ya chavala! me he dado con un canto en los dientes, ahora si quiero.
